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 Asunto: Ligar con una Francesa
NotaPublicado: Jue Jun 18, 2015 6:06 pm 
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Registrado: Lun Jul 14, 2014 6:45 pm
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Hace algunos años, antes de emprender la exploración desesperada del viejo continente tirando del hilo lúbrico de las mujeres, cuando aún no sabía que la guerra contra las mujeres es la única que se gana huyendo, paseaba de la mano de mi primera novia, una gallega estudiante de periodismo, por la amplísima calle de las Tullerías en dirección al Louvre. En una ciudad así yo estaba siempre inquieto: ¿iba a ser toda mi vida así?. Quiero decir, en aquellos días yo pensaba seriamente que lo nuestro podía ser para toda la vida. Viviríamos cargando una maleta de horas en común cada vez más pesada, hasta no recordar cómo era vivir sin el otro, y nos enterrarían juntos y cogidos de la mano en algún bucólico rincón de la campiña gallega. Era una posibilidad razonable, asentada ya en mi cabeza como una pradera apacible y a la vez opresiva. Nunca probaría el sabor de otra mujer. ¡La única! Bueno, se puede ser feliz así, ¡el sexo está sobrevalorado! Uno siempre tiende a pensar que su primera novia -no lo llamaré amor- es para toda la vida. Pero, como digo, íbamos cogidos de la mano y alrededor pasaban mujeres rubias, morenas, castañas, con vaqueros ajustados o falda, gafas de sol u ojos desnudos y azules, botas, sandalias, medias negras, marrones, medias con dibujos y liga, blusas, camisas de botones, las tetas pequeñas marcadas en un jersey semitransparente, caderas amplias, culos salientes, toda la variedad en que las cadenas genéticas se combinan para distribuir las diversas formas de juventud y que muchas veces desarrollan formas agradables a la vista, al menos para mí. ¿Se puede vivir toda la vida deseando a otras mujeres? ¿Cómo sería la vida con cada una de ellas? ¿Y el sexo? ¿Cómo de diferentes pueden llegar a ser las mujeres entre sí? Estando en el Louvre, rodeado de obras imperecederas de la historia del arte, no pensaba en otra cosa que no fuera en las chicas que tenía alrededor. El Louvre es grande y es fácil perderse, la variedad humana es inmensa, Clara se me colgaba del brazo en cuanto conseguía escapar un rato. ¿Te puedes creer que habiendo conseguido entrar a la sala de la Gioconda cuando no había más de media docena de personas, pudiendo acercarme todo lo posible a la pintura universal que no había visto más que en la tele y en los libros de texto, no hice más que mirarles el culo a las japonesas que sacaban fotos a nuestro lado? Aquellos cuadros estarían siempre allí y las japonesas no. Yo era un humanista, un amante del aquí y el ahora, lo mío era el happening: la belleza está en la calle.

Hablando de museos y mujeres, os contaré algo que hice en un viaje a Roma con mis padres y que no he contado a nadie. Yo tenía quince años y la líbido subida por las paredes de la ignorancia adolescente, de lo que a esas edades intuímos pero no llegamos a tocar. Hay dos tipos de adolescentes, los que van detrás de las chicas y los imbéciles, y yo era de estos últimos (hay en las películas y en los libros una tendencia exagerada a ensalzar la adolescencia, pero yo guardo un recuerdo más bien difícil de la mía, a esa edad de repente algo se tuerce y uno empieza a ser lo bastante listo para avistar el sinsentido general del mundo, pero no lo suficiente para adoptar la media sonrisa y el humorismo necesario para aceptar que se acabó lo bueno, que va a tocar ensuciarse las manos, que la mierda va a llegar tarde o temprano y que a partir de ahora no vas a vivir, sino a sobrevivir). De repente me encontré con el encanto altivo de las italianas, sus modales adornados, su forma coqueta de andar. De las más jóvenes, me enamoraba su combinación de piel bronceada, pelo rizado y ojos azules. Sin saber cómo expresarlo, me parecía que la italiana era esa mujer que al terminar te decía: "¿Y sólo sabes hacer eso?". Yo andaba acechando su mirada, buscando una pista que me dijera si podía ser atractivo a la vista de las mujeres. ¿Era yo guapo? Mi madre decía que sí. De repente, mi mirada se encontraba con la de alguna joven y mi corazón se aceleraba. ¡Tal vez lo sea! Un día tuve una idea, no podía ser que todas estas chicas desaparecieran de mi vida, que nuestros caminos se unieran brevemente en la larga travesía existencial y después se separaran para siempre. Envejeceríamos y nuestras coincidencias espacio-temporales se olvidarían como se olvida, aunque no queramos, una buena frase de una novela leída tiempo atrás. La belleza no podía ser tan efímera. Así que empecé a sacarles fotos. De repente me convertí en el guardián de la cámara de fotos familiar, una pequeña Kodak de las que había que llevar a revelar. A veces tuve problemas con algún vigilante que me advirtió de que no se podían hacer fotos en los museos, o con alguna chica que me pilló en pleno disparo apuntando hacia ellas (y esas fueron las mejores fotos, mirando a la cámara en un gesto de indignación y confusión), pero poco a poco se fue formando, entre foto y foto familiar, un amplio reportaje de la feminidad romana de principios de siglo. Regresamos del viaje, llegó la vuelta al cole, mi madre fue a revelar los carretes y una tarde, al volver del colegio, la vi agrupando las fotos en dos montones diferentes sobre la mesita del salón. "¿Qué? ¿te lo pasastebien, no?". Ahí estaba el montón con las fotos de "mis" chicas. Di un repaso a las treinta o cuarenta fotos: las mujeres aparecían de lado, desenfocadas, con la vista perdida en algo que no era el objetivo de mi cámara, a algunas las había cogido en un mal momento, en un mal ángulo, descubrí desencantado que no es lo mismo la vida en movimiento que la captura de un instante, nuestro cerebro es especialmente sensible a la belleza en el plano temporal: los gestos, el porte, la actitud, las miradas, no se captan en una fotografía y yo veía con claridad indeseada que en esas mujeres apenas había nada de lo que me había inpirado a retratarlas. No me atreví a llevarme las fotos porque no quería parecer un vicioso, y cuando quise volver a verlas horas después, ya estaban en la basura. Me daba igual, de todas maneras, yo había vuelto de la aventura romana con una determinación inquebrantable: iba a empezar a vivir en el mundo real, dejaría las fantasías y pasaría al terreno de la acción. Volví de las vacaciones insuflado con un espíritu de macarra italiano que no iba a dejar extinguirse fácilmente. Si en ese momento me hubieran dicho que aún tardaría seis años en perder la virginidad, me hubiera vuelto loco.

Pero así es, el peligro de no madurar sexualmente a tiempo es que te pasas la vida intentando redimirte. No es bueno descubrir el contacto físico en edades donde las personas atraviesan fases menos inocentes, acabas encerrado en la jaula de tus gustos masculinos, o poseido por no se sabe qué agitación que te lanza a la búsqueda del tiempo perdido, para intentar reconquistar unas parcelas, las del amor juvenil, que ya no existen porque ni tienes dieciseis años ni vas a ser ingenuo nunca más, y no creas que te das por satisfecho cuando consigues erigirte como el follador de tu grupo de amigos, cuando ya te has acostado con una docena o una veintena o con un centenar de mujeres diferentes, follar es una carrera que no se acaba nunca, ya puedes tirarte a media selección danesa de hockey hierba que SIEMPRE vas a envidiar al amigo, al colega NORMAL, que tuvo un crecimiento NORMAL, y que besó a una chica enamorado a los catorce, quince, dieciseís (si me apuras diecisiete años) años, ¡pero no a los veintidos!, ¡siendo casi un post-universitario!, ¡y encima borracho, a las cuatro de la mañana, con una finlandesa de cuyo esófago emanaba un vaho de alcohol y de vómito!, ¿qué has hecho todo este tiempo gilipollas?, ¿no sabes que a tu edad TODAS las relaciones se sustentan ya en intereses racionales? ¿que uno elige pareja como el que escoge un fondo de pensiones?

Pero volvamos a París. En aquellos días Clara y yo vivíamos las últimas páginas de una larga y aburrida novelita de amor. Pero como viajar revive y los hoteles estimulan la sustancia entusiasta, andábamos felices por el Quartier Latin, perdidos en calles cuyo único obstáculo era el aire, divirtiéndonos con cualquier cosa, con nuestro reflejo en los escaparates, haciendo chocar a modo de brindis los crepes recién comprados en los puestos callejeros. Por las noches impregnábamos nuestros abrigos de rocío nocturno, yo con la ligera ebriedad de un "pichet de vin" de medio litro, ella abstemia y alegre. Hacíamos buena pareja. Clara era la clase de chica dependiente y aduladora que te permite lucirte, y yo era el rey de la vanidad. Se adaptaba a mí como una segunda piel que me cubría de masculinidad: mis gustos eran sus gustos, mis opiniones siempre eran acertadas. Nunca discutíamos y no pasaba mucho tiempo sin que a mi brazo se le enganchara el suyo. En aquel viaje me siguió en los planes más absurdos: comimos ostras en la Closerie des Lilas, visitamos bajo la lluvia el 74 de la rue Cardinal Lemoine -donde Ernest fue pobre y feliz- y no sólo fuimos al cementerio de Pere Lachaise (donde Clara se pintó los labios con un carmín de intenso rojo y dejó la marca de un beso en la lápida de Oscar Wilde, y yo vi de lejos como un tipo se masturbaba y se corría sobre la tumba de Jim Morrison y esto es totalmente verdadero) sino también al de Montparnasse, dónde les ofrecí mis respetos a Serge Gainsburg, Eric Rohmer y Baudelaire. Fue también en esos días, sentados en el metro desde Stalingrad a Gare du Nord, cuando tuve una visión especial: la de un chica muy hermosa leyendo "L'Adieu aux armes". Se me ocurrió que había un ideal de mujer francesa guapa, sensible y elegante que no había visto aún en España y deseé algún día pasear de la mano de alguna de estas chicas en un día de viento y frío como Bob Dylan en la portada del Freewheelin. A todo esto, sentados en el vagón de metro, Clara apoyaba su cabeza en mi hombro y yo podía sentir el olor a champú de su pelo ondulado y castaño. Si un día la dejara se quedaría desconsolada, ¿cómo podría vivir sola una chica así? ¿y qué motivo tendría yo para dejarla, si todo iba bien? Hasta que un día se citó conmigo, me dio un beso frío con cara apenada y me dejó, esgrimiendo los motivos más comunes, una total falta de originalidad. "Teníamos algo y lo hemos perdido", "te he tratado mal y no te lo mereces" (¿?), "ahora que te vas a Londres a trabajar, es una oportunidad para que empecemos de nuevo cada uno por nuestro lado".

Porque sí, yo me iba a Londres. Había acabado de terminar la carrera y una mañana -justo después de una madrugada buscando ofertas en los infojobs británicos-, me llamó una voz con un fuerte acento hindú y me ofreció un trabajo y tras enlazar varias entrevistas acabé en la estación de Euston con una maleta tamaño Ryanair y la bolsa del portátil colgada del hombro. No me contéis entre los jóvenes que salieron de España acuciados por la crisis, yo huía de un hogar familiar demasiado agradable, demasiado afectuoso, demasiado cómodo, temía convertirme en un inútil y ya iba siendo hora de hacer algo por mi cuenta. Encontré una habitación diminuta al lado del estadio de Wembley por 350 libras al mes y allí viví mis primeras semanas, cargando con mi recién estrenada soltería y sin conocer a nadie en aquel barrio de hindues y negros y paquistaníes (y en menor medida polacos) y rodeado de ambientes exóticos y las calles repletas de las tiendas de pelucas de las negras. Los sábados, un predicador cargado con un altavoz se pasaba la mañana gritando los pasajes más oscuros del Antiguo Testamento y adviertiendo de las posibles consecuencias de molestar a nuestro "Lord". En esos días, cuando no estaba trabajando, me dedicaba a explorar la ciudad. Cuando ya vi lo más importante, me entretenía yendo a conciertos aunque sólo me interesaran muy de pasada, o visitando lugares curiosos (la calle Heddon Street que es la que aparece en la portada del Ziggy Stardust y que ahora ya no es reconocible porque está invadida por las franquicias; el paso de zebra de Abbey Road dónde Paul cruzó descalzo; la casa de Royal College Street en Camden donde Verlaine y Rimbaud se peleaban enloquecidos por el alcohol y los celos). En resumen, deambulaba solo como un perro, y aunque los perros se paran a olisquear a las perras, yo todavía andaba demasiado ocupado en exhibir mi pose de corazón roto, recreándome en los versos del final de Ballad in Plain D (My friends from the prison, they ask unto me / “How good, how good does it feel to be free?” / And I answer them most mysteriously / “Are birds free from the chains of the skyway?), y lo único que hacía era comprar latas de Carlsberg de medio litro en las tiendas de los pakistaníes y emborracharme y procurar que las ganas de mear no me encontraran muy lejos de algún parque o de algún McDonalds. No me culpéis si digo que encontraba un placer muy juvenil y muy "beat" en esta ligera caída y en este amago de bohemia -que no era tal, porque de 9 a 5 estaba sentado sin falta en la mesa de mi oficina-, ya que necesitaba mi pequeña dosis de sordidez, después de una vida familiar demasiado dulce pero también demasiadas novelas, después de demasiados discos de Spacemen 3 y mucho tiempo en facultades de ingeniería, y tampoco si digo que pensé que me moría la noche en que salí de un concierto y en la fiesta posterior acabé esnifando la raya que un irlandés -un amigo momentáneo y un perdido de la noche y borracho igual que yo- me ofreció sobre la pila del baño, y que no sé si por excesiva, adulterada o por mi sensibilidad exagerada a las drogas y en realidad a todo, me produjo una gran taquicardia, y acabé regresando a casa en la línea N18 del bus nocturno, entre borrachos, negros siniestros y gente adormilada, yo temiendo el infarto inminente. Pasé toda la noche en vela, bebiendo litros y litros de agua, bajando y subiendo las empinadas escaleras de madera (y que crujían ruidosamente) para ir a mear al váter, y sólo conseguí dormir cuando el martilleo de mi corazón se redujo a un nivel casi normal. Al despertarme cuando el sol entraba por la ventana y constatar que la débil rueda del mundo seguía girando, pensé que aún podría aprovechar aquel domingo, y que ya era hora de ordenar mi vida, empezando por hacer amigos, y que lo primero era cambiar de piso y encontrar compañeros más afines (vivía con una señora de cincuenta años muy simpática, la dueña de la casa y a la que ayudaba a arreglar el jardín, y con un inglés al que apenas veía).

Así que durante tres tardes y tres noches me dediqué a esa labor extenuante y absorbente que es buscar piso y que en Londres lo es más y de la que os voy a ahorrar detalles, ya que lo importante es que al tercer día me presenté muy tarde en la última casa que tenía por ver, con una hora de retraso sobre la hora pactada, acumulada tras otras varias visitas, y allí estaban los dos inquilinos, uno haciendo la cena a base de lasaña precocinada y el otro liando un cigarrillo, dos muchachos franceses de más o menos mi edad. Uno se llamaba Arnaud y era alto, rubio, pálido y con nariz ganchuda. El otro era bajito, rapado y de color (pero sin llegar a ser muy negro), llamado Amara. Como la casa era reformada y estaba muy bien (la habitación grande y limpia, el agua salía de la ducha a una presión aceptable), les dije que sí, que me interesaba (aunque el precio fuera un poco alto, 550 libras al mes, con facturas incluídas), y al día siguiente me llamaron para decirme que podía mudarme cuando quisiera, que sólo tenía que firmar con el propietario. Así que me inventé una milonga y le conté a la señora cincuentona de mi piso que me cambiaban de lugar de trabajo y que ahora me interesaba estar más cerca del centro, y como yo le caía muy bien y siempre le ayudaba a arreglar el jardín le pareció bien y me devolvió integramente la fianza. Mi nuevo hogar era el número 35 de Fairholme Road, en una zona entre Fulham y Hammersmith instalada dentro del distrito de Kensington and Chelsea, donde las viviendas ya no eran, como en Wembley, estrechas casas de dos pisos con jardines traseros, sino solemnes construcciones victorianas de cuatro pisos y escaleras en la entrada, donde los coches ya no eran Vauxhalls o Volvos o Hyundais, sino Mercedes, Jaguars y algún Porsche, donde la gente ya no eran inmigrantes desconfiados que nunca cedían el paso, ni pandillas de encapuchados nocturnos, sino blancos y educados británicos con buenos trabajos y planes de futuro. Me presenté allí un sábado por la mañana con la maleta llena de mis pocas posesiones -un poco de ropa, comida y libros- para firmar el contrato con el propietario. Aproveché el fin de semana para instalarme y ni a Arnaud ni a Amara les vi el pelo en la casa durante aquellos dos días.

Arnaud había estado jugando al golf con su padre, que estaba de viaje de negocios y aprovechó para probar los campos británicos, mientras que Amara pasó el fin de semana con una chica con la que se había estado acostando. Nos lo contaba mientras sorbía la espuma de una Guiness en un pub de nuestro barrio, uno de esos lugares con olor a madera, cerveza y moqueta sucia, con camareras tetonas y las barras pegajosas de cerveza derramada, mientras el Chelsea, que era el equipo del barrio, perdía en casa contra el Basilea en la fase de grupos de la Champions League. Nos decía que le había pasado una cosa: mientras su amiga se la chupaba, él le había dado con la punta del rabo en la campanilla -la luette, comment l'est dit en anglais?, quoi?, la luette!, y se señaló el interior de la boca abierta y entonces lo entendí-,y entonces sintió arcadas y le vomitó encima de la pierna. "¿Nunca nos había pasado?". Pues no. Le gustaban mucho las gorditas inglesas, la gordura que se reparte por todo el cuerpo y mantiene las proporciones, sus caras estúpidas y sus faldas cortas. Las dos o tres que había en el pub ya las tenía más que miradas, analizadas y descritas, era un admirador casi lírico de las mujeres. Yo callaba no sé si por tímidez o por mi bajo recorrido sexual o por no encontrar las palabras adecuadas en inglés, y aunque en aquella época lo más seguro es que fuera por las dos primeras, sí que es cierto que nunca he sabido admirar a las mujeres en voz alta, ocurre que la sexualidad más fácilmente expresable es la más simple, el verdadero obseso sexual imagina más que observa y genera información que se tarda en analizar y resumir y que más que en palabras se manifiesta en un deseo que por no exteriorizarse acaba siendo más fuerte y más obsesivo. Después de tres pintas y el Chelsea empatando finalmente con un gol de Essien, nos fuimos a la casa particular de un amigo de mis compañeros de piso, donde varios celebraban una pequeña fiesta. Se conocían todos porque eran becarios del banco BNP Paribas en Londres, la mayoría niños de papá metidos sin vocación en carreras financieras. Era un miércoles y al día siguiente yo trabajaba y ellos también, sobre un barra americana había botellas de Absolut, Jack Daniels y Bombay Saphire, era un pisazo en Tottenham Court Road, a saber lo que estarían pagando, me sirvieron uno, dos, tres, vodkas con limón, eran muy simpáticos conmigo a pesar de lo poco que en principio encajaba allí, niños ricos sin ningún pudor a la hora de gastar, yo me fui entonando y salimos para reunirnos con otros amigos suyos en un bar, habría mujeres.

La noche es una copa de mal, dijo César Vallejo. El centro de Londres de noche es, incluso en un día laborable, un gintonic caro de bullicio y brillo bastante desconcertante, en el que si te esfuerzas y remueves bien los hielos, consigues retener en la misma imagen a los borrachos que van buscando gresca, a las parejas de enamorados que caminan cogidos del brazo, al vagabundo que alarga el brazo pidiendo limosna, o al estudiante de biología que trabaja a tiempo parcial para costearse la vida, sin saber muy bien de quién estás mas cerca. Entramos en un bar de homosexuales de Soho, allí estaban los otros amigos de Amara y Arnaud, varios chicos, varias chicas; nos presentaron, no me acuerdo de sus nombres, todo el mundo estaba demasiado borracho como para tenerme en cuenta y hablar en inglés, yo demasiado borracho como para que me importara mucho estar sin entender nada. Con el botellín de cerveza ya en la mano -cortesía de no sé qué amigo-, de pronto apareció una amiga nueva, una morena preciosa que llegó riendo con uno que parecía gay y llevaba una chaqueta con hombreras. Me acerqué a la morena buscando que alguien me la presentara, a esas alturas las formalidades ya se habían perdido, entonces cruzamos nuestras miradas, ¿sabes cuando notas de primeras que hay una atracción mútua, que la chica es demasiado expresiva para esconder nada y hay una puerta abierta de complicidad?. Eso es lo que yo pensaba pero se acercó y me preguntó: "Are you single?", y noté que el maricón también me miraba y cuchicheaban algo. Me quería endosar a su amigo. Les dije que era single pero no gay. Vaya, igual que yo, dijo ella. El homosexual resultó ser ruso y me dio dos besos ("that's how you do it in Spain, right?") y la morena se llamaba Anne Sophie y aunque era francesa estaba allí de casualidad, no conocía a los del otro grupo. Al darle dos besos y tocarle el hombro desnudo con mi mano helada por el botellín de cerveza, dio un respingo y hubo disculpas y risas. No creaís que hablamos mucho, ella parecía una chica de impulsos, una alocada, había demasiados amigos y demasiados moscones alrededor para desviar su atención hacia otros puntos de agitación social. ¿Cómo podría volver a encontrármela? Me quedé un rato hablando con el ruso y cuando me lo quise sacar de encima y me despedí se acercó a mi oido y me dijo: "You are such a waste in the straight community". "¿Por qué?". "Because you are very cute". Me reí.

Tres días después llegó la noche de Halloween y los franceses me avisaron del evento que se estaba cociendo: una fiesta privada en el apartamento de Tottenham Court Road y la discoteca posterior en una terraza de Leicester Square. Diez libras para comprar bebidas y treinta para la discoteca. Les dije que me lo iría pensando. Llegó el viernes y Wilco cantaba lo de "How to flight loneliness" desde mi nuevo radio-CD. "Smile all the time". Yo andaba por la casa en pijama comiéndome un cucurucho de vainilla, acababa de llegar del trabajo y Amara y Arnoud ya estaban trajinando y fabricando sus disfraces. No me gustaba la idea de lanzarme tan temprano a la contienda social, cuando uno todavía no ha aprendido a dejar que las palabras le resbalen entre la ropa, necesita un tiempo para fabricarse una coraza. "Shine you teeth with meaningless, sharpen them with lies". Echando de menos el horario español de despliegue nocturno, me tumbé resignado en el sofá. Para empezar, necesitaba un disfraz. No me disfrazaba desde los festivales de fin de curso del colegio. ¿Para qué? Nunca le he visto la gracia, soy incapaz de reirme de nada que no diga yo mismo. ¿Qué iba a hacer en casa? Leer un rato, ver algun combate histórico de boxeo -estaba repasando la etapa Hagler-Leonard-Durán-Hearns-. No era mal plan, pero me nublaba la posibilidad de un polvo, de conocer a alguna mujer. En casa desde luego no iba a pasar, tantas veces me ha pasado algo y he pensado que no hubiera ocurrido si no hubiera hecho esto o lo otro, las cosas -por grandes que sean- se deciden por pequeños detalles y hasta que uno no lo aprende no se lanza de verdad a por nada, sino que son las cosas las que le van pasando, y aunque alguien más sensato que yo pudiera decir que a veces es preciso relajarse un poco, empecé a dudar y enchufé la maquinilla de cortar el pelo para que se fuera cargando. Por un momento jugué con la posibilidad de raparme algunas partes del pelo y vestirme de zombi. Por suerte tuve un segundo de sensatez y me acordé de la tienda del indio que vendía ropa inglesa pasada de moda. Allí iban otros indios de origen humilde con trabajos absorbentes y cuyas hijas son o serán bonitas indias de clase media, y que por querer integrarse visten a la moda inglesa que ya ni los ingleses visten, todo a un precio muy económico. Bajé y pregunté por una buena gabardina London Fog, el señor pensó que iba en serio y se puso enseñarme chaquetas con mucho esmero, sacó una cinta métrica y me midió la espalda, hacía las cosas como hay que hacerlas, poniendo en ello todo el empeño. Yo tenía bastante prisa pero, ¿quién era yo para decirle lo que tenía que hacer? ¿un niño pijo dispuesto a gastarse treinta libras en un disfraz para una noche? Me limité a decirle que sólo podía permitirme una chaqueta barata y me dejé llevar, era muy agradable comprar allí, tenía algo de antiguo, de cuando vestir no era una necesidad tan obviamente satisfecha como ahora. Elegí una más cara de lo razonable para el uso que le iba a dar, me dio tantas razones para gastar un poco más en una buena chaqueta que no me pude negar. Al llegar a casa me puse un pantalón corto y una camiseta interior de tirantes para que con la gabardina hiciera el efecto de no llevar nada debajo, me coloqué un sombrero que ya tenía, unas gafas de sol, y ya estaba listo para representar a un exhibicionista sexual callejero. Preparé tres chupitos de anís y brindamos antes de salir. Cuando salieron de mi vista me bebí otro yo solo.

No eran estos franceses la clase de amigos remilgados con los que tienes esforzarte para no ser el que más bebe, algunos me sacaban mucha ventaja y recuerdo que enseguida sentí la excitación vigorosa que dan las copas bien cargadas, entrando pronto en la locuacidad que por aquella época me daba el alcohol y que ahora creo que nunca voy a recuperar. Había una francesa con la que había hecho migas saboteando el playlist con canciones de France Gall, era algo fea y bajita e iba disfrazada de Cruela de Vil, tenía un cuerpecito delgado, duro y las caderas marcadas en la falda de su traje negro. Se me sentó encima cuando conseguí un hueco en el sofá y le solté el contenido de mi copa en el cuello y se lo lamí. Todo eran risas, asomó una medio erección. Creo que tardamos dos horas en hacer el trayecto desde Tottenham Court a Leicester Square, yo andaba por la calle a cinco grados con con la gabardina abierta alrededor del pecho y cerca de Soho nos encontramos con el tumulto de disfraces y el grupo se diseminó, me detuve a charlar con un par de grupos de gays, mi traje tenía especial aceptación entre su comunidad. No sé cómo nos las arreglamos todos para reunirnos en la cola de la discoteca, tras el pago pertinente entramos en el local y me lancé a la barra antes siquiera de ojear el interior. Alguien me preguntó cómo podía ver algo allí con las gafas de sol puestas:

- Descuida, el gran espectáculo está dentro de mi cabeza.

Codos sobre la barra, un billete de diez libras entre los dos dedos y perspectiva de un largo tiempo de espera, miré a los lados en una ronda de reconocimiento, y entre una marea de disfrazados la distinguí a lo lejos, inconfundible: sonrisa de niña, maneras hiperactivas, un pequeño faro humano inventado para difundir la belleza. ¿Quienes eran sus amigos? Me ocupé de no perderla de vista y esperé nervioso mi vodka con sprite, vacié medio vaso en mi esófago, me engañé pensando en que lo hacía para que no se me derramara al andar. Mientras tanto la vi escapararse hacia un pasillo menos concurrido, me fijé en su disfraz de gata, un traje ceñido de terciopelo negro. Me abrí paso hacia allí y la ví a lo lejos encarando unas escaleras con un chico, me mantuve a distancia.

Iba a pensar que la seguía y era verdad. Subi tres pisos con la ligereza descoordinada de una seria borrachera, la vi entrando en una terraza, me alivió reconocer que el chico era su amigo gay del otro día, me decidí a salir a la terraza. Me quité las gafas de sol y me dí cuenta de que las vistas y las luces de la ciudad de noche eran preciosas, a lo lejos estaba el Big Ben, los bordes del Támesis, el puente de Charing Cross, el London Eye, aunque yo no fumaba le pedí a alguien un cigarrillo, me encontré estupidamente a diez metros de ella y con un cigarro apagado entre los dedos, pedí fuego, tenía que darme prisa. Me puse a andar fingiendo suficiencia mientras miraba las vistas y daba caladas torpemente, me acerqué lo suficiente para no pasar desapercibido, y al mirar hacia a su lado crucé mi mirada con la del amigo y le saludé y vi que se acordaba. Ella sonreía, de entre el pelo largo, liso y moreno sobresalían unas orejas falsas de pelusa negra. Le recordé quién era yo. Nadie, en realidad, pero eso no hacía falta decirlo. "I remember you, are you still straight?". Sí, y si no lo fuera lo reconsideraría aquí mismo, le pregunté a Vitaly qué tal le iba.

- Una fiesta aburrida, un montón de imbéciles, el noventa por ciento de la gente aquí es gilipollas. Y yo me incluyo -Anne Sophie protestó y dijo que no le hiciera caso-.
- Yo también soy gilipollas, choca los cinco -y le choqué la mano a Vitaly-.
- ¿De qué vas disfrazado?
- De Sherlock Holmes. ¿No se nota?.
- Sherlock Homes llevaba ropa debajo de la gabardina.
- Eso tú no lo puedes saber. ¿Por qué no vas disfrazado?
- Me paso el día disfrazado, ahora voy disfrazado de no disfrazado.
- Es un disfraz barato.
- Te puedo asegurar que mi camisa de Ted Baker no es barata.
- ¿Y por qué dices que te pasas la vida disfrazado?

Anne Sophie salió dulcemente al paso mientras se estiraba un mechón de pelo por delante del hombro, me explicó que Vitaly era marinero, policía y empleado de gasolinera, según el momento y la escena. Cantaba, bailaba, era el mejor de todos, y si seguía bebiendo mañana iba a ser el marinerito sin voz. Eso no pasará, Vitaly, a partir de ahora yo me beberé tus copas, mañana estarás en plena forma. ¿Y qué obra era esa?, "Los paraguas de Cherburgo". No me sonaba, le dije que iría a verle un día, quise cambiar de tema y le pregunté a Anne Sophie por qué iba disfrazada de pantera. No, no era una pantera, sino un gato, se encontró el disfraz en el almacén del teatro y le quedaba bien y lo cogió prestado. ¿Así que también trabajaba allí? Me dijo que era la suplente de Geneviève, el personaje principal, ella era la actiz suplente; ¿no había visto la película?, salía Catherine Deneuve. Le dije que iría a verla un día, cuando se pusiera enferma la primera actriz, ella era la verdadera Geneviève y no pensaba pagar por ver una mala imitación. Ella se rió y me dijo que la actriz principal era estupenda y muy guapa y con mucha experiencia, había protagonizado varios musicales cuyos nombres no conseguí retener. "Vale, es posible que esa actriz principal cante mejor que tú y que incluso su talento interpretativo esté más desarrollado, no estoy al corriente de los detalles técnicos", con el cigarro ya apagado en los dedos empecé a hilvanar frases sin mucho sentido, "pero si algo sé hacer en esta vida es reconocer la virtud y la belleza como algo universal y más antiguo que el mundo que las contiene, tú no lo sabes, pero existes desde que el mundo es mundo y tal vez incluso antes. Uno de mis grandes defectos es que todo me conmueve o me disgusta, nada me deja indiferente, y tú estarías en la cima de lo que me convence plenamente y hace que pese a todo el mundo siga siendo un lugar caótico pero brillante. Mira, yo no suelo cubrir de halagos a las chicas en las discotecas, pero cumples estrictamente la ley situacionista de que no hay que traer el arte a la vida sino elevar la vida al nivel del arte, te deberían esculpir en mármol y exhibir en el Museo Británico al lado de Tutankamon y los huesos del Tyrannosaurus Rex, en realidad tu aspecto encajaría más en la National Gallery, te pareces a una virgen de Boticelli, con la excepción de que suelen ser rubias y no tienen orejas de gato. ¿Te puedo tocar las orejas?". Vitaly dijo que no eran horas para monólogos, Anne Sophie inclinó la cabeza y yo le toqué una oreja, pero una de las de verdad, y con mis dedos tanteando la piel suave del cartílago y el lóbulo empezó a reir. Hablamos un poco más y Vitaly dijo que se iba a bajar un rato, creo que se aliaba a mi favor, ella dijo que bajaría enseguida. Nos quedamos a solas y empecé a diluirme, la falta de un espectador como Vitaly me perjudicó, a solas entrábamos en la parcela de lo real, se acabó el teatro, empecé a percibir lo liviano de mi propia personalidad, y además una ligera náusea empezó a subirme del estómago, la última copa había estado de más. Ejecuté una huida hacia adelante: "Anne Sophie, me gustaría seguir hablando contigo otro día y por eso te voy a pedir tu número de teléfono, antes de que me lo dés quiero que te pongas en mi situación, no estoy precisamente en la cima de la seguridad en mí mismo; llevo un traje rídiculo, tengo frío y cómo verás he bebido más de lo razonable, aún así me doy cuenta de que lo que quiero es seguir hablando contigo en un ambiente más amable. No sé si me has visto antes merodeando indeciso por aquí, pero he atravesado todo un tour de force interior para reunir el valor suficiente de venir a hablarte". Se rió, dijo que no hacía falta tanta disculpa, me apuntó su número y me costó escribir su nombre. Bajamos juntos; antes de despedirnos, temiendo que el número de teléfono acabara no siendo más que un cabo sin atar, una trampa de silencio, la cité en Picadilly a las siete del domingo y le dije que se lo recordaría, que estuviera pendiente del teléfono. Me contestó que le parecía perfecto quedar a las siete. Cuando nos separamos me encontré con Amara, ¿dónde me había metido?.

Ahora pienso en aquella tardes londinenses tan lejanas y en el tiempo que ha pasado y me pregunto que hacía mi juventud tan tranquila bajo el arado inmenso del cielo, mientras en cualquier parte, en la calle, iba removiendo hondo como lo hace sin que nos demos cuenta. ¿Se puede considerar vivido lo que ya no recordamos? Los días se van plegando unos sobre otros y se funden en una sustancia abstracta de la que sólo se puede decir que queda algún indicio de haber existido, vivir es ir pintando sobre lo ya pintado, enterrando en el liezo capas sobre capas de pintura, a la vista sólo lo que nos traemos entre manos. Si no te aseguras de hacer por lo menos algún trazo memorable, algo que dejar a la vista para siempre, puedes acabar con la pintura seca y un mal paisaje a medio pintar. Así que ya no recuerdo lo que hice áquel sábado posterior a la fiesta, pero imagino que me levanté con resaca y como muchas otras veces salí a solas al centro y acabé buscando CDs de oferta en el HMV, en el fondo seguía solo en una ciudad casi desconocida pero en la esencia eléctronica del teléfono móvil estaba la posibilidad de un domingo más amable, lo llevaba bien guardado en el bolsillo del pantalón vaquero. Atravesé las sombras intermitentes de los árboles en St James Park; sentado en un banco y viendo de cerca los patos de la orilla, le escribí un mensaje de texto recordándole la cita del domingo, y ya con la animación de "enviando" en marcha, me acomodé y extendí los brazos sobre el respaldo del banco como si el acto que acababa de realizar fuese algo rutinario y sin importancia, y en las próximas horas y en la contestación de ella no estuviera en juego gran parte de mi ánimo y amor propio. Después de cuarenta minutos observando a los patos y a la gente pasar, el teléfono vibró en mi mano, tenía que ser ella, nadie me enviaba mensajes y menos a mí número inglés, lo abrí y era un anuncio de Orange. Me fui a casa a cenar y luego a dormir y ya no me iba a contestar, lo acepté con resignación. A las dos de la mañana me desperté con el sobresalto del móvil, supe que no podía ser nadie más, abrí el mensaje: por supuesto que quería quedar, ¿a las 8 de la noche en Picadilly me venía bien?. Me extrañó que contestara a esas horas.

Salí de casa dispuesto a respirar hasta el más leve aroma de la vida, había estado pensando en la versión de mí mismo que Anne Sophie se iba a encontrar, no pasaba por alto el hecho de que hasta ahora sólo había hablado con ella bendecido por el don de la ebriedad. Rechacé este pensamiento, me conocía lo suficiente para saber que tenía que evitar a toda costa estar demasiado pendiente de mí mismo, debía concentrarme en lo exterior, permanecer alerta a todo lo demás, de lo contrario estaría demasiado tenso y las palabras de ella me llegarían debilitadas, unidimensionales, desprovistas del tapiz revelador que las envuelve; al fin y al cabo la mayor parte de la cosas suceden en un ámbito que no tocan las palabras, incapaz de percibir lo que subyace me limitaría a hollar en la superfície y sería difícil ser divertido, parecer inteligente, dar en varias dianas a la vez. En este estado audaz de los sentidos la vi llegar a lo lejos con un vestido rosa casi fosforecente, unas medias negras y una chaqueta de cuero negro, la saludé desde la distancia, el flequillo se le posaba audazmente a un lado de la frente, el vestido era ancho pero la chaqueta de cuero se le ceñía en la cintura. Caminamos sin rumbo mientras hablábamos, supongo que ninguno se atrevió a proponer un destino, los tacones de sus botas se acompasaban como alertando de los segundos que pasan y nos van gastando, de pronto nos dimos de bruces con el Támesis y el puente de Enbankment se erguía con sus luces titilantes y sus crujidos ferroviarios. Subimos y nos quedamos un rato arriba, cerca había un gitano que tocaba el theremin. Al fondo estaba el Big Ben y el London Eye, la mansa superficie del río reflejaba brillos lunares; desde aquel lado del puente la ciudad es más bonita, en medio están las vías que salen de Charing Cross y no se puede ver nada del otro lado, apoyados en la barra su brazo rozaba el mío, había estrellas y nubes livianas.

- ¿Sabías que el dibujo de las estrellas es así y no de otra manera por las pequeñas fluctuaciones cuánticas que hubo en el instante del Big Bang? Lo he leído en el periódico -le dije para hacerme el interesante-. Y eso lo incluye todo: nosotros y nuestra galaxia, si estamos aquí es por uno de esos chispazos.
- Creo que no hace falta remontarse hasta tan lejos para darse cuenta de todo eso, cada día pasan pequeñas cosas que nos marcan, si la otra noche hubieras salido de casa un segundo más pronto o más tarde, por ejemplo, no nos habríamos visto nunca y ahora no estaríamos aquí.
- Me refiería a nosotros como especie, como humanidad, pero tienes razón.

Surgió la idea de tomar un café, tuvimos que desandar lo andado. En Old Compton Street, en el meollo de Soho, hay un café Nero con ventanales donde te puedes sentar y perder todo el tiempo del mundo con una sola consumición, mientras te entretienes viendo a la gente que parece divertida y ocupada, porque en Soho todo parece divertido y no sabes bien por qué, es un lugar dónde la juventud puede estar cómoda y ser espontánea y uno puede abandonarse a cualquier forma variable de fe. Yo no había cenado y con el café con leche me pedí dos magdalenas, conseguimos un par de taburetes frente al ventanal, en la primera fila del teatro de la calle. Antes de sentarse ella se disculpó para ir al servicio y aproveché para observarla bien por detrás, hasta ahora había estado demasiado ocupado en hablar y en aparentar desinterés hacia su cuerpo. Su vestido un poco holgado escondía la evidencia de sus formas y de su sensualidad, pero la fosforescencia de su tono rosa anaranjado la señalaba como a un objeto deseado, le mantenía a distancia de todos los seres humanos de aquella cafetería, lo que yo quería ver era la perfección que se dejaba adivinar en la curva de su pecho y en la forma de sus piernas bajo las medias negras. ¿Qué hacía yo con esa chica?. En la barra alguien había dejado un periódico y lo abrí y en una página cualquiera una entrevista a un casi octogenario Woody Allen ocupaba toda la hoja. No se por qué o porque no me daba tiempo a leerlo todo, fui directo a la última pregunta. "A estas alturas de la vida, ¿usted qué quiere?". "No lo sé. Dos camareras de cócteles de 20 años". Y eso era todo, y si no había nada más que eso, ¿por qué me preocupaba?, ¿por qué estaba en guardia contra mí mismo, si en realidad ahora yo estaba donde tenía que estar?. La vi aparecer de nuevo sonriente, preciosa. Me comí las magdalenas mojándolas previamente en la taza, yo le hablaba de mi trabajo rutinario en la oficina, inventándome detalles, anécdotas e historias que nunca habían ocurrido, otorgándome responsabilidades que no tenía, intentaba darme importancia y al mismo tiempo el café con leche impregnado en las magdalenas se escapaba en forma de hilillos por mi barbilla, ella se rió y me acercó la servilleta a la boca. Le pregunté cuándo iba a tener que actuar.

- Esta tarde he actuado por primera vez.
- ¿Sí?
- Ayer a la una de la noche me avisó el director de que Claire estaba enferma, estuve hasta las cuatro repasando algunas partes, en realidad no he podido dormir mucho. Aunque los suplentes ensayamos mucho, me puse un poco nerviosa. Y eso que yo nunca me pongo nerviosa.
- ¿Y cómo ha ido?.
- Bastante bien, es difícil porque el público no tiene por qué enterarse de que eres la actriz suplente.
- Seguro que no se notó.
- Bueno, hubiera podido cantar mejor algunas partes, pero el director me ha felicitado. Dice que tal vez pueda dar descanso a la actriz principal algunos días. Estaría bien porque pagan mucho por actuación y ahora tengo un contrato de prácticas. Aunque mi padre tiene mucho dinero prefiero no depender de él.
- Entonces, ¿te decidiste a quedar después de que te dijeran que ibas a actuar? Ayer me despertaste.
- Perdona -se río-. Estaba dejando pasar el tiempo, imagino que estaba esperando para ver qué planes podían surgir hoy. ¿Sabes?, me pareciste un poco raro pero simpático. Si iba hoy a actuar, saldría a tomar algo con los otros al terminar, pero es domingo y después cada uno se iría a su casa. Para acabar en mi pequeña habitación de Sheperd's Bush pregonando mi debut en Facebook y colmándome de likes como una tonta, mejor salir a dar una vuelta, ¿no?.
- Me alegro de haber sido tu último recurso.
- No quiero que pienses eso porque no es verdad, en realidad me apetecía conocerte, tampoco quiero pasar todo el tiempo con los del teatro. No es tan fácil hacer amigos por ahí. A veces sólo me hablan babosos.
- Pues lo poco que recuerdo de la otra noche es que te halagué con bastante exceso...
- Ya, pero no es lo mismo, tú estabás de broma, ¿no?. Todo eso de Boticelli, los museos..., nunca me lo han dicho. Fuiste bastante gracioso. Así que por tus ocurrencias y tu borrachera y aparecer en el momento adecuado te ha tocado hacerme compañía.

Cuando la calle y la gente y los ciclotaxis del otro lado del cristal dejaron de ser una fuente importante de conversación, después de varias bromas sobre su vestido fosforescente, cuando el diálogo languidecía pero lo hacía sin incomodidad, ella propuso un plan. En una de las calles perpendiculares a Haymarket hay un bar donde todas las personas que trabajan en los teatros de West End (incluidos acomodadores, camareros, limpiadores o porteros) pueden entran gratis con un acompañante y además los precios de las bebidas son razonables. Seguro que estarían algunos de sus compañeros y yo podría conocer a gente del teatro (le había estado preguntando con curiosidad). Eran las once de la noche, me pareció buena idea.

En la puerta Anne Sophie presentó una tarjeta y un portero gigante nos abrió la puerta, bajamos a un sótano con mucha luz y muchas mesas y una camarera rubia con una camiseta de The Jam sirviendo copas detrás de la barra, todo estaba enmoquetado y pese a ser un bar olía a limpio, de las paredes colgaban fotos y firmas de antiguos actores, también carteles de viejas obras de teatro. Mientras sonaba Waterloo Sunset de los Kinks, me acerqué a la barra a pedir nuestras bebidas, una limonada para ella y yo ya a golpe de gintonic. Anne Sophie encontró a lo lejos a algunos conocidos del teatro, eran actores. Creo que hubo algunas felicitaciones para ella, saludé a los dos que tenía más cerca, Anne Sophie me presentó a otros dos, un chico y una chica, les expliqué quién era yo, me preguntaron qué hacía. Como yo todavía no creía en la necesidad de procurarme una versión interesante de mí mismo para la charla trivial, me presenté sin convicción como ingeniero de telecomunicaciones y programador a tiempo completo en una empresa de gráficos 3D. Mientras hablábamos y mis breves datos biográficos iban interesando cada vez menos (ser extranjero daba algo de juego, pero un español en Londres tampoco es un gran ejemplo de exotismo), pude ver sus miradas atravesarme y posarse en algún punto fijo y lejano. Yo había rebasado su cuota límite de charla aburrida, si miraban hacía mí era por pura consideración, y ni siquiera ésto duro mucho porque pronto reanudaron sus conversaciones, el tiempo justo para ubicarme en la parcela gris del mundo, del que por supuesto ellos no formaban parte. Y aunque el inglés siempre parece sobreactuado a oidos de un español, me llamó la atención que en su manera de hablar había un rastro muy evidente de sobreactuación, me pregunté si los actores no aprenderán antes a serlo en la vida real que en los escenarios, si no lo serán porque no se aguantan a sí mismos. Yo, que soy un dechado de vanidad, aunque más huraño y retraído, me enfrentaba esta vez a ogros mayores que yo. Me fijé en que Anne Sophie también se estaba relacionando de esa manera y no era algo que estuviera antes haciendo conmigo, sin duda yo no poseía ese don. Me quedé un buen rato callado y cuando ella se dio cuenta me preguntó qué tal me lo pasaba, aprovechó para cogerme del brazo y salir en dirección a otros conocidos. Éstos eran acomodadores y camareros, pensé con alivio que con ellos me iba a llevar mejor, sin duda tendrían la naturalidad del que se dedica resolver cuestiones más inmediatas, pero me equivoqué, todos decían que eran actores, si estaban trabajando en otros asuntos del teatro era solo para costearse la vida hasta que llegaran tiempos mejores. Yo volví a explicar quién era y traté de hacerlo lo más rápida y superficialmente posible y pasé al terreno de las preguntas, les dejé hablar, me interesé por su vida. La suya era una manera similar de comportarse, pero con un aire de perdedor que me era más amable. Me sentí perdido y pensé que no sólo estaba tratando de ligarme a una chica que me venía muy grande, sino que tenía que pasar el examen social delante de aquella gente. Me bebí el resto de la copa de un trago. En algún momento Anne Sophie salió del grupo, ya empezaba a conectar un poco con los acomodadores e hice migas con un australiano llamado Phil que tenía casi cuarenta años y un brazo inútil de nacimiento, uno de sus logros era haber salido en un capítulo de Coronation Street. Estabamos hablando de películas cuando noté en mi oido la presencia aérea de Anne Sophie: "Ha venido el director del musical. ¿Quieres conocerle?". Vale.

Vi a un hombre alto de unos cincuenta años bien llevados, con el pelo abundante y canoso, unos vaqueros y una camiseta lisa. Se llamaba Spencer Brown y era irlandés, su mirada burlona le daba el aire del que se sabe mejor que los demás, su ojos parecían sondearme, pensé que tal vez creyera que me estaba follando a su actriz suplente. Me preguntó qué hacía yo en la vida. Era la tercera vez que me hacían esa pregunta hoy.

- Soy escritor.

Este cambio repentino de guión no fue fruto de ninguna reflexión sino que se me ocurrió poco antes de abrir la boca para responder; al director, al jefe del asunto, el tipo con pinta de Hank Moody e intelectual urbanita que tenía enfrente, no le iba a contar el mismo rollo que a los demás, por mucho que esa fuera la verdad. La versión real de mi vida ya estaba en circulación por el bar, pero no me importó hacer brotar así el germen de la contradicción. Para ser sincero, yo siempre había fantaseado con la idea de ser escritor, y pensaba que podría hacerlo si me lo proponía aunque nunca me hubiera sentado a probarlo de verdad. En mi imaginación me veía a mí mismo escribiendo un libro con el que quedara todo dicho y tras de sí sólo dejara un rastro de silencio, la obra totémica que persiguiera el hálito definitivo de la verdad; me imaginaba escandalizando en la televisión pública después de ganar el National Book Critics. Tenía la costumbre de literaturizar siempre mi vida mentalmente, pero lo hacía muchas veces con palabras que no existían o dejando huecos en la narración que no eran más que la idea abstracta de frases bonitas que en realidad nunca llegaba a dar forma precisa. No sabía aún lo miserables que se vuelven esas ideas tan brillantes cuando uno intenta expresarlas mediante la tiranía de la palabra.

- ¿Ah si? ¿Y qué escribes?

- Nada. De momento escribo para mí, me entreno para ser escritor. Alguna vez me han dicho que intente publicar, que mande mis cosas a concursos literarios, pero no me interesa nada de lo que puedan decirme. Lo que escribo es bueno y malo para mí, lo que sea para los demás no tiene sentido. Algún día estaré listo de verdad. Pero de momento la vida aprieta y tengo un trabajo alimenticio como ingeniero que exige una entrega bastante absorbente al sinsentido cotidiano.

- Entiendo. Pero, ¿escribes prosa?, ¿poesía?... eso quería decir.

- Prosa. Algunos poemas. Lo que me apetece.

- A tu edad yo también quería ser escritor. Escribía en una revista que vendíamos en la universidad y que yo mismo fundé con unos amigos; se llamaba Los Suicidas. Lo hacíamos para pasarlo bien, siempre había chicas. Nuestro código de calidad, nuestras pretensiones, saltaron por los aires con la primera chica guapa que vino a enseñarnos sus versos malos. Era divertido y todo parecía un juego, yo estudiaba Derecho y bucear por la ficción era una vía de escape. Al terminar la carrera intenté varias veces escribir una novela, pero pasaba demasiado tiempo y perdía interés y ya no me identificaba con el tío que escribió las páginas anteriores, las intentaba reescribir y empezaba una nueva novela y dejaba la otra sin terminar. Un día me enteré de que la hija de James Joyce seguía viva en un internado mental de Northamton. No sé si conoces la historia, pero Joyce tuvo una hija llamada Lucía que hacía ballet y llegó a estudiar con Isidora Duncan, incluso salió durante un tiempo con Samuel Beckett. Ya con veintipocos, el germen de la locura, que su padre ya sospechaba, empezó a ser evidente y después de varias escenas violentas fue diagnosticada con esquizofrenia e internada en Francía, donde creo que asistió a la toma de París por los nazis. No sé cómo terminó en Northampton pero me enteré por el periódico allá por el año 80 y fui a visitarla haciéndome pasar por amigo de la familia. Fumaba mucho y sorprendentemente hablaba mucho, casi nadie iba a verla, sobrevivía con un montón de medicamentos. No parecía saber quién era su padre, o no quiso hablar de él (yo no le hice preguntas), pero cuando se interesó por mí y le dije que intentaba escribir libros, me habló de Beckett. Yo por aquel entonces estaba obsesionado con la obra de Joyce y me conformaba con estar a sólo un escalón generacional de él, quienquiera que fuera la persona que tenía delante, pero cuando le hablé de mi vocación de escritor y ella me habló de Beckett, me dio un consejo que no tomé en serio pero que al final se ha cumplido como una profecía: dedícate a escribir teatro. Me pareció más sencillo y más rápido que escribir una novela, mis obras empezaron a representarse y yo iba tirando y sobreviviendo con eso, algunas aún se escenifican y generan dinero, gané algún premio, salí en la tele. Pero como tú dices la vida aprieta y los hijos aparecen, igual que las esposas, ex-esposas y segundas esposas, así que uno se tiene que reconvertir a veces en otras cosas, y los musicales dan bastante dinero.

No se me ocurrió nada más que responder a eso. En todo el monólogo no me miró más que dos veces a la cara; no tenía claro si hablaba para mí, para Anne Sophie o para sí mismo.

- Tu amiga Anne hoy ha actuado de maravilla y más para a ser actriz suplente y becaria. Hoy en día se ahorran gastos en todo, para poder pagar a gente como yo y poner algún nombre famoso en el cartel, y uno no se espera que estas cosas salgan tan bien.

Hablaron entre ellos un poco más hasta que él se encontró con otra gente y se despidió. Anne Sophie me dijo sorprendida que no sabía que me gustara escribir. Cuando le prometí enseñarle algún poema, ella me pidió que le recitara alguno. Bulbuceé como pude el único que recordaba (aunque muy de pasada), ese de Dickinson de la Verdad y la Belleza, fingiendo que lo había escrito yo. Había pocas posibilidades de que lo reconociera, porque lo recité en español. Le gustó ese arranque artístico. En el bar hacía un poco de calor y ya era la una de la madrugada, al día siguiente yo trabajaba y tenía que levantarme temprano. ¿Por qué no salimos afuera?. La vi coger su chaqueta y su bolso, yo me refería a tomar el aire, pero me gustó la perspectiva de abandonar definitivamente el bar. Ya casi encarando las escaleras de salida nos encontramos con el director, esta vez acompañado de un joven un poco más joven que yo, un chico con una chaqueta de cuero y la camisa abierta dejándo al aire su esternón sin vello, con aspecto de rockero y niño de papá. "Es mi hijo, acaba de llegar a Londres para estudiar". Y al presentarme, aprovechó para aconsejarle: "Te convendría relacionarte con gente formal como Alejandro".

¿Cómo que gente formal como Alejandro? De un plumazo un fulano volvía a encerrarme en el trastero gris de la vida ¿Qué podía saber este hombre de mí? ¿Habíamos hablado unos minutos y ya me conocía? ¿Lo decía por mi aspecto? ¿Es algo que se adivina en la mirada? Si bien era cierto que yo no estaba en mi ambiente (si es que yo tengo algún ambiente), que estaba azorado por la situación, por mi propia mentira, por el forcejeo social, lo que más me jodía es que era verdad. Mi vida interior era pura ficción, la manera que tenía de relacionarme conmigo mismo estaba basada en la mentira y la fantasía. Para mis adentros, yo era un rebelde, alguien demasiado indolente e inteligente para interesarse por nada, de vuelta de todo y con maneras de estrella del rock; si caminaba solo por la calle, me imaginaba que iba a reunirme con mi dealer. Pero en la práctica, la mayor parte del tiempo no daba ninguna prueba de esa supuesta personalidad. Sólo en mi casa era yo mismo. A solas en mi habitación, edifico una vida sobre el aire, me divierto viendo mi sombra en la pared, y salgo de allí extasiado después de escuchar un buen disco o tal vez bailar desnudo al salir de la ducha, salgo con el corazón encendido y todo se viene abajo tan pronto como encuentro la primera señal de que la vida va en serio, de que hay un gran ELLOS con sus propias historias y su propio albedrío, que es mucho más enorme que YO, y me entierro poco a poco bajo el peso de mis propias palabras y de mi propia personalidad. ¿Somos lo que creemos que somos? ¿Se vive la vida que estamos viviendo? ¿Es la idea que tenemos de nosotros mismos de mayor o menor validez que la idea ajena? Sea como sea, no esperaba obtener allí todas las respuestas; afuera estaban todas las posibilidades: la de negarse a uno mismo, la de decir que sí, la de inventarse un presente sin pasado. Lo único real y verdaderamente importante era que ella caminaba de nuevo con la chaqueta de cuero apretando su cintura, la curva de su culo otra vez visible, y lo que tanto me gustaba, la parte interior de sus muslos chocando al andar con su ligero genu valgo. Me puse la cazadora y de nuevo estábamos sin rumbo a través del viento y del frío, un viento tan húmedo y tan duro que revivía las mejillas, que hacía que nuestros cuerpos se juntaran y nuestros hombros se buscaran al andar. La vida era eso y no otra cosa, el contacto físico como único principio.

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Troll o no Troll esa es la cuestión
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 Asunto: Re: Ligar con una Francesa
NotaPublicado: Vie Ene 11, 2019 5:20 am 
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jajaja vale que me ha dado risa todo lo que tuviste que hacer, y perdona que me meta en tu post de ya hace una década pero te aconsejo a hacer un blog y hospedar tu blog en un lugar para hombres necesitados o que quieran saber esas tecnicas para ligar, te cuento que en el 2020 me voy para Francia y actualmente estoy aprendiendo como hablar francés para ligarme a alguien en ese país y que me den la residencia jaja.


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 Asunto: Re: Ligar con una Francesa
NotaPublicado: Sab Ene 12, 2019 7:03 pm 
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pon en el titulo AVISO TOCHO

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